Viajar a Egipto en agosto: nuestra experiencia

Este año, por fin, mi hermana y yo podíamos coincidir unos días de vacaciones: ocho, para ser exactas. Hacía mucho que no viajábamos juntas, y nunca lo habíamos hecho con Josea, así que decidimos regalarnos un viaje de chicas. Empezamos a barajar destinos —Grecia, Polonia, Holanda…— hasta que apareció una oferta a Egipto. Lo comenté con el resto del “equipo” y la mayoría fue abrumadora: ¡Egipto tenía que ser! 

A pesar de ser agosto, con su calor intenso (mucho, mucho calor), decidimos arriesgar. Al fin y al cabo, lo importante no era el destino, sino vivir la experiencia juntas.

Vuelvo a Egipto, pero de otra forma

A pesar de que hacía mucho que no viajábamos de forma organizada, la oferta de Viajes Carrefour para Egipto fue imposible de resistir. Eran pocos días, un destino soñado y un precio tentador… así que no lo pensamos demasiado. No es mi forma habitual de viajar —nos gusta movernos por libre—, pero la ocasión lo merecía.

Ya habíamos estado en Egipto en 2003, en un viaje completamente diferente: una verdadera aventura. Entonces recorrimos el país con un chófer y un guía, Ahmed y Omda, atravesando los oasis del desierto, durmiendo en campamentos (por llamarlos de alguna forma 😄), visitando templos a lo largo del Nilo y terminando con snorkel en el mar Rojo. Guardo un recuerdo imborrable de aquella experiencia.

Pero este viaje era distinto. Habían pasado muchos años, la forma de viajar ha cambiado… y Egipto también. Esta vez íbamos emocionadas, rumbo a un destino muchas veces soñado por mi hermana y por Josea.

Al ver el itinerario —que os mostraré más adelante—, ya les avisé de que sería un viaje muy intenso y algo agotador, con muchas visitas encadenadas y poco tiempo para asimilar todo lo que íbamos a ver. Aun así, la ilusión podía con todo: la idea de descubrir Egipto juntas hacía que cualquier cansancio mereciera la pena.

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El itinerario

Nuestro viaje comenzó en Luxor, tras un vuelo nocturno desde España. A pesar de llegar bastante tarde, tuvimos una sorpresa positiva: todavía pudimos cenar en el restaurante de nuestro barco, el Queen of Sheba. El barco nos pareció muy agradable —aunque no teníamos con qué comparar—, con un camarote amplio para las tres, tres camas cómodas, espacio suficiente para no sentirnos agobiadas y un gran ventanal desde el que disfrutábamos de las vistas del Nilo. La comida fue otro punto a favor: variada y sabrosa, con opciones para todos los gustos. La bebida no estaba incluida, pero no fue un problema; las botellas de agua costaban unas 120 libras egipcias a bordo, aunque fuera del barco era fácil encontrarlas mucho más baratas.

Día 1 – España – Luxor

Vuelo directo a Luxor, llegada, trámites de visado y embarque en el crucero. Noche a bordo.

Día 2 – Luxor – Esna – Edfú

Comenzamos el viaje con fuerza: Templos de Karnak y Luxor, el impresionante Valle de los Reyes, el Templo de la Reina Hatshepsut y los Colosos de Memnón. Fue un día intenso, el primero de muchos madrugones, pero la emoción de pisar aquellos lugares hizo que el cansancio pasara a un segundo plano. Por la tarde, el barco cruzó la esclusa de Esna y continuó navegando hacia Edfú.

Día 3 – Edfú – Kom Ombo – Asuán

Por la mañana, una visita muy especial: el Templo de Horus en Edfú, en algunos casos ofrecen calesas tiradas por caballos, en nuestro caso fuimos en autobús. Después navegamos hacia Kom Ombo, donde visitamos el templo dedicado a los dioses Haroeris y Sobek. Fue una de las visitas más fotogénicas del viaje, con el sol cayendo sobre el Nilo al atardecer.

Día 4 – Asuán – Abu Simbel – Asuán

El día más madrugador del viaje: salida a las 1:30 de la madrugada hacia Abu Simbel. Excursión opcional. De regreso a Asuán visitamos el Templo de Philae, uno de los más bellos y con más historia, y por la tarde dimos un paseo en faluca, las típicas embarcaciones de vela del Nilo.

Día 5 – Asuán – El Cairo

Mañana libre y vuelo hacia El Cairo. Cambio total de ambiente: del ritmo tranquilo del Nilo al caos fascinante de la capital egipcia.

Día 6 – El Cairo

Visita a las Pirámides de Giza y la Esfinge, uno de esos momentos que, aunque hayas visto mil veces en fotos, te sobrecogen en persona. Opcionalmente se podía visitar el Gran Museo Egipcio (aún parcialmente abierto) o la Necrópolis de Saqqara y Menfis.

Día 7 – El Cairo

Día libre con opciones para visitar el Museo de Arte Egipcio, la Ciudadela de Saladino, el barrio Copto y el Bazar de Khan el Khalili, donde el regateo y el bullicio forman parte de la experiencia.

Día 8 – El Cairo – España

Tras el desayuno, traslado al aeropuerto y vuelo de regreso. Fin de una semana que pasó volando.

Como vemos, el itinerario es muy intenso, especialmente el primer día en Luxor. A pesar de habernos levantado a las 4:30 de la mañana, pasamos casi ocho horas de visita, recorriendo templos, el Valle de los Reyes, el templo de Hatshepsut, los Colosos de Memnón… y todavía hubo tiempo para una parada en una tienda de artesanías de alabastro y piedra.
Aunque el recorrido es impresionante, llega un momento en el que, con el calor extremo, cuesta disfrutar y asimilar todo lo que estás viendo. Creo que ese primer día debería dividirse al menos en dos jornadas, para poder apreciar con más calma todo lo que ofrece Luxor, uno de los lugares más fascinantes de Egipto.

El viaje organizado: ventajas y limitaciones

En este punto quizá suene un poco crítica, pero intentaré ser honesta. Mi hermana y Josea disfrutaron muchísimo del viaje: para mi hermana era cumplir un sueño pendiente, y para Josea todo era una aventura. Le encanta viajar, probar cosas nuevas y en general, se lo pasa bien en cualquier sitio.

Yo también lo disfruté, claro, pero después de tantos años viajando por libre, me cuesta no comparar. En un viaje organizado todo está pensado para ti: el alojamiento, los traslados, las visitas, los horarios. Solo tienes que dejarte llevar y disfrutar. Y eso, sin duda, tiene su parte buena: cero preocupaciones.

Sin embargo, también implica perder la libertad de decidir cómo vivir cada lugar. En nuestros viajes por libre somos nosotros quienes marcamos el ritmo: si algo nos gusta, nos quedamos más tiempo; si no, seguimos. Aquí no había margen para eso. Las visitas se sucedían una tras otra y, además, incluían las paradas “obligatorias” en tiendas de artesanía, perfumes o papiros (de esta última conseguimos librarnos). Probablemente habría preferido dedicar ese tiempo a recorrer con calma los templos o simplemente sentarme a observar el Nilo.

En cuanto a los guías, supongo que los habrá de todo tipo, pero algo que no me gustó —y que parece bastante habitual en los cruceros por el Nilo— es la sensación de dependencia que transmiten. Da la impresión de que moverse por tu cuenta no es recomendable o incluso peligroso, lo cual no ayuda si te gusta explorar un poco por libre.

Un ejemplo: en Asuán, mientras mi hermana se fue a la excursión de Abu Simbel (yo ya la había hecho en 2003 y no quería someter a Josea a ese madrugón para “otro templo más”), teníamos la mañana libre. Quería aprovecharla para visitar la Isla Elefantina o el Jardín Botánico por nuestra cuenta. Al comentárselo al guía, su respuesta fue que no me lo podía aconsejar, que podía ser peligroso salir solas y que esperaba que volviéramos bien.

Entiendo que hay un componente de comisiones con las excursiones, pero transmitir miedo si decides hacer algo por tu cuenta me parece una pena. Aun así, salimos. Dimos un paseo por el zoco, cruzamos en el ferry local hasta la Isla Elefantina y caminamos por sus senderos de tierra, donde el único “riesgo” fueron los saludos y sonrisas de los vecinos.

Terminamos tomando un té en el King Jamaica Restaurant, frente al Nilo. Fue uno de esos momentos sencillos pero especiales: el dueño se sentó a charlar conmigo durante un buen rato mientras Josea jugaba con los gatos del barrio. Más tarde, nos acompañó de vuelta a la ciudad en el ferry y nos guió por el zoco. Una experiencia cercana, tranquila y auténtica.

Egipto tiene templos impresionantes, eso es indiscutible, pero perder el contacto con la gente local es una verdadera lástima. Por supuesto, siempre hay que actuar con sentido común: informarse, evitar zonas conflictivas y mantener cierta prudencia. Pero también creo que, en general, la gente está más dispuesta a ayudar que a hacer daño. Esa confianza básica en los demás —sin ingenuidad, pero con apertura— es lo que tantas veces convierte un simple paseo en un momento inolvidable.

Puede que en este viaje no haya tenido la libertad de decidir cada paso, pero sí tuve algo aún más importante: el tiempo compartido. Ocho días para volver a viajar con mi hermana después de muchos años, para ver el asombro en los ojos de Josea ante las pirámides y para recordar que, más allá del modo de viajar, lo que realmente importa es con quién lo haces.

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Momentos especiales

Algo que yo no había hecho en mi viaje anterior y que disfrutamos muchísimo fue la excursión opcional al poblado nubio. Nos lo pasamos muy bien desde el primer momento: comenzamos con un pequeño paseo en faluca, acompañadas de música, bailes improvisados y, cómo no, algo de “mercancía” que enseguida apareció para tentar a los viajeros.

Después cambiamos a una barca a motor, ya que las faluas no pueden llegar hasta el poblado. El trayecto hasta allí fue una auténtica maravilla: navegar por el Nilo, entre sus islas y dunas doradas, fue una de esas experiencias que se quedan grabadas. Al otro lado del río hay incluso una pequeña playa de arena fina, donde algunos se animan a bañarse antes de continuar el recorrido hacia nuestro destino final, Gharb Soheil, más conocido como el pueblo nubio.

Una vez allí, visitamos una de las casas locales. Nos recibieron con té y dulces tradicionales, mientras ofrecían la posibilidad de hacerse un tatuaje de henna. En muchas de estas casas tienen cocodrilos pequeños —algo que a muchos turistas les llama la atención— y ofrecen hacerse fotos con ellos. En nuestro caso preferimos no hacerlo; intentamos evitar las actividades turísticas que implican el uso de animales.

Más tarde, subimos en una especie de motocarro hasta un mirador con unas vistas espectaculares del Nilo y el desierto. La visita terminó en una pequeña escuela local, donde un voluntario nos enseñó el abecedario y los números árabes y nubios. Fue una de esas experiencias sencillas pero muy bonitas, especialmente para Josea.

Otro de los momentos que más me gustó fue la visita al Gran Museo Egipcio. Aunque todavía no estaba inaugurado oficialmente, fue uno de los puntos fuertes del viaje. Lo hicimos por nuestra cuenta, sin prisas, disfrutando de cada sala a nuestro ritmo. Desde la Esfinge de Guiza tomamos un Uber hasta el museo y luego otro para regresar al hotel. Tener la libertad de recorrerlo con calma, sin horarios ni explicaciones apresuradas, fue un auténtico placer.

Y, por supuesto, uno de los aspectos más bonitos de viajar en grupo es la gente que conoces por el camino. En el crucero coincidimos con un grupo fantástico con el que compartimos risas, sobremesas y momentos inolvidables. Sin duda, ellos también formaron parte de lo mejor de este viaje.

Al final, más allá de los templos y los monumentos, lo que queda son los momentos compartidos: las risas en la cubierta del barco, el té en una casa nubia, las conversaciones improvisadas y la emoción de descubrirlo todo juntas

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Conclusión: lo que Egipto nos enseñó

Este viaje a Egipto fue, en muchos sentidos, una lección. Después de tantos años organizando cada detalle de nuestros viajes, volver a hacerlo de forma organizada me obligó a soltar el control y dejarme llevar. Y aunque a veces me costó —porque el ritmo era intenso, las visitas se acumulaban y echaba de menos esa libertad de decidir cómo llenar el día—, también aprendí a disfrutar desde otro lugar.

Egipto nos recordó que cada forma de viajar tiene su momento. Que a veces lo importante no es elegir el itinerario perfecto, sino la compañía. Que los viajes no siempre necesitan meses de preparación para ser especiales; basta una buena dosis de entusiasmo y ganas de compartir.

Me quedo con los amaneceres sobre el Nilo, con las risas, con la emoción de mi hermana al cumplir un sueño y con la mirada curiosa de Josea. Y sobre todo, con la certeza de que, más allá de cómo viajemos, lo que realmente da sentido a cada destino son las personas con las que lo compartimos.