Qué hacer en Sri Lanka: actividades imprescindibles para un viaje inolvidable
Viajando con Josea, las actividades que implicaran animales eran, sin duda, un must: safaris, avistamiento de ballenas o snorkel estaban en nuestra lista desde el primer día. Y, por supuesto, viajando por Sri Lanka no podíamos dejar de visitar el Triángulo Cultural, subir a alguno de sus icónicos templos y disfrutar de sus impresionantes playas.
A lo largo de las tres semanas que pasamos en la isla, vivimos experiencias únicas y muy diferentes entre sí: naturaleza salvaje, espiritualidad, paisajes inolvidables y una gastronomía deliciosa. Aquí te contamos las actividades y lugares que hicieron de nuestro viaje una auténtica aventura en familia.
Safaris en Sri Lanka: Wilpattu y Minneriya, una experiencia salvaje en familia
Para Josea, nuestros safaris en Sri Lanka eran toda una incógnita: no sabíamos si iba a disfrutarlo o si la paciencia le iba a durar más de una hora dentro del jeep. Porque seamos sinceros: los safaris pueden ser muy emocionantes… o un largo recorrido sin apenas avistamientos. Pero lo que sí teníamos claro es que queríamos vivir la experiencia en familia, rodeados de naturaleza.
Nuestro primer safari fue en el Parque Nacional de Wilpattu, el más grande y uno de los más antiguos del país, declarado parque nacional en 1938. Wilpattu es conocido por sus “villus”, lagunas naturales donde los animales se acercan a beber. Solo se puede visitar alrededor del 25% del parque, lo que contribuye a la conservación del entorno y permite que siga siendo un espacio tranquilo y auténtico.
Elegimos Wilpattu porque habíamos leído que Yala, el parque más famoso, puede estar muy masificado, con decenas de jeeps alrededor de los animales. En Wilpattu, en cambio, pudimos disfrutar del silencio, del paisaje y de esa sensación de aventura real. Hicimos un safari de medio día —por si Josea se cansaba—, y aunque no vimos demasiados animales, sí tuvimos la suerte de avistar un leopardo a lo lejos y varias especies de aves preciosas. Josea disfrutó tanto que, al volver al alojamiento, ¡ya estaba preguntando cuándo haríamos el siguiente!
Y el siguiente llegó en el Parque Nacional de Minneriya, una auténtica joya natural. Este parque es famoso por “The Gathering”, el mayor encuentro de elefantes asiáticos salvajes del mundo, que tiene lugar durante la estación seca, cuando las manadas se reúnen en torno al embalse para beber y refrescarse. Ver decenas de elefantes juntos, moviéndose libremente en su hábitat, fue una experiencia inolvidable.
En Minneriya vivimos una tarde muy especial: los elefantes se acercaban despacio, algunos con sus crías, y el silencio del grupo era absoluto. Fue un momento mágico, de esos que se te quedan grabados.
Ambos safaris los organizamos directamente con los alojamientos en los que nos hospedamos, una opción muy cómoda y recomendable, ya que ellos mismos se encargan de gestionar el transporte, las entradas y los guías locales.
Si viajas en familia, te recomendamos empezar con un safari corto (unas 3 o 4 horas) y, si ves que a los peques les gusta, repetir con una jornada más larga. Y, sobre todo, llevar agua, prismáticos, gorra y muchas ganas de disfrutar del entorno natural de Sri Lanka.
Avistamiento de ballenas en Trincomalee
En la época en la que nosotros viajamos, julio, la mejor zona para realizar el avistamiento de ballenas en Sri Lanka es Trincomalee, en la costa noreste del país. Estuvimos investigando por internet qué agencias ofrecían esta actividad, si se hacía de forma responsable y a qué coste. Normalmente no solemos contratar este tipo de excursiones desde nuestro país de origen, y menos mal que no lo hicimos, porque allí conseguimos mucho mejor precio: por el mismo importe que se ofrecía online para dos personas, nosotros hicimos la actividad los cuatro.
Durante nuestra estancia en Uppuveli, nos acercamos al centro Trinco Bay Dive Center, y allí mismo reservamos la excursión para la mañana siguiente. La salida del barco es todos los días a las 6:00 a.m., con una duración aproximada de 2 a 3 horas. Proporcionan chalecos salvavidas y agua a bordo.
La primera parte del recorrido se dirige hacia una zona donde suelen verse delfines, aunque sinceramente fue la parte que menos nos gustó, ya que había muchas embarcaciones persiguiendo a los grupos de delfines. Más tarde el barco se trasladó a otra zona, donde habitualmente se pueden ver ballenas, y aquí ocurrió algo similar al principio: varias lanchas seguían a los animales muy de cerca.
Afortunadamente, tras un rato, muchas de las embarcaciones se fueron marchando y solo quedamos tres o cuatro barcas. Fue entonces cuando realmente pudimos disfrutar de la experiencia, sin tanto ruido de motores y con la sensación de estar observando a los animales en su entorno natural.
Tuvimos suerte y pudimos ver un par de ballenas, un momento emocionante y que recordaremos siempre.
Snorkel en Coral Island, Trincomalee
Nuestra idea inicial era hacer snorkel en Pigeon Island, el lugar más famoso para esta actividad en Sri Lanka. Sin embargo, cuando empezamos a preguntar en distintas agencias de Uppuveli y Trincomalee, todas coincidieron en desaconsejarlo. El Gobierno había fijado una nueva tasa de entrada de 40$, y al sumarle el precio del barco y el equipo, la excursión se encarecía bastante.
Finalmente, hablando con la agencia Whale Snorkeling Tours Trincomalee, nos comentaron que al día siguiente salía una excursión a Coral Island, una alternativa menos conocida pero con muy buenos fondos marinos. Nos gustó lo que nos contaron y decidimos apuntarnos.
¡Y fue todo un acierto! Cuando hay niños a bordo, llevan dos guías para que todo esté más controlado. Uno de ellos nos acompañaba durante la actividad, con un salvavidas y mucha paciencia, indicándonos en todo momento dónde podíamos ver más peces y corales. Además, llevaban una GoPro y nos hicieron unas fotos espectaculares bajo el agua, que hoy guardamos como uno de los mejores recuerdos del viaje.
Una experiencia preciosa, familiar y mucho más tranquila que otras excursiones más masificadas. Si viajas con niños, Coral Island nos parece una opción perfecta para disfrutar del mar de Sri Lanka sin agobios.
Subir a Pidurangala Rock
Habíamos leído muchísimo sobre la subida a Pidurangala Rock, y la verdad es que no tiene ninguna dificultad especial. Josea no tuvo ningún problema en hacerla, así que si viajas en familia, ¡adelante! Es perfectamente asequible con un poco de calma y agua a mano.
La parte menos agradable, eso sí, es la cantidad de gente. En nuestro caso, al subir ya encontramos cierto atasco en la parte final —la más estrecha, donde hay que trepar un poco entre las rocas—, pero la bajada fue aún más intensa. Y eso que no esperamos al atardecer, que es cuando más se llena. Aun así, tardamos unos 40 minutos en bajar por la cantidad de personas que coincidimos en el camino.
¿Merece la pena? Rotundamente sí. La vista del Lion’s Rock desde la cima de Pidurangala es una de esas imágenes que se te quedan grabadas para siempre. El tiempo que pasamos allí arriba fue mágico, disfrutando del paisaje y del silencio (cuando lo había 😅).
El recorrido hasta la cima también tiene su encanto. La entrada cuesta 1.000 rupias (unos 3 €) y el acceso comienza por el templo budista de Pidurangala Raja Maha Viharaya. Antes de empezar el ascenso, cúbrete con un sarong y quítate los zapatos, ya que estás entrando en terreno sagrado.
La primera mitad del sendero transcurre entre escaleras y un camino sencillo a través de la jungla, muy agradable y con sombra en gran parte. A mitad de camino puedes hacer una breve parada para ver una enorme estatua reclinada de Buda tallada en la roca, antes de afrontar el último tramo: una pequeña trepada entre rocas que te lleva directamente a la cima.
Una vez arriba… solo queda disfrutar. Si puedes, intenta subir temprano por la mañana para evitar el calor y las multitudes. O si prefieres el atardecer, llega con tiempo para buscar un buen sitio y disfrutar del espectáculo con calma.
Subir al Lion’s Rock de Sigiriya: ¿merece la pena?
Pocas imágenes representan mejor Sri Lanka que la Roca del León de Sigiriya, esa enorme mole de piedra que se eleva 200 metros sobre la llanura central. Es uno de los lugares más icónicos del país y, sin duda, uno de los más visitados. Pero también genera debate: ¿vale la pena pagar los 35 $ de entrada?
Personalmente, sí, lo vale. Es cierto que el precio puede parecer elevado, sobre todo si lo comparas con el nivel de vida en Sri Lanka o con otros lugares culturales del país. Pero si viajo hasta el otro lado del mundo, no voy a dejar de conocer un sitio con el que llevo soñando desde hace años por el coste de la entrada. Y una vez arriba, con las vistas extendiéndose hasta el horizonte, supe que había merecido la pena cada dólar.
La subida a Sigiriya comienza cruzando los antiguos jardines reales, una combinación de canales, estanques y terrazas que muestran la grandeza del antiguo reino. A medida que avanzas, el sendero se estrecha y empiezan las escaleras metálicas, algunas talladas directamente en la roca.
A mitad del camino se encuentran las famosas “Damas de Sigiriya”, unas pinturas rupestres del siglo V que se conservan en una galería natural protegida del sol. Desde allí se accede a la Puerta del León, donde antiguamente una gigantesca escultura de este animal daba acceso al palacio superior. Hoy solo quedan las enormes garras talladas en piedra, que te dan la bienvenida antes del tramo final.
El ascenso total dura entre 45 minutos y 1 hora, dependiendo del ritmo y del número de personas (hay que tener paciencia, porque suele estar bastante concurrido). Una vez arriba, las vistas son espectaculares. Desde la cima se pueden ver los jardines simétricos, la jungla y la Roca de Pidurangala al fondo, otro punto perfecto para disfrutar del atardecer.
.💡 Consejos prácticos:
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Horario: abre de 7:00 a 17:30 h. Intenta ir temprano para evitar el calor y la multitud.
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Entrada: 35 $ (menores de 12 años, entrada gratuita). Solo se puede pagar en efectivo (rupias o dólares).
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Duración: unas 2–3 horas en total, contando la visita y la subida.
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Qué llevar: agua, protector solar y gorra.
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Alternativa: si el presupuesto aprieta o prefieres una experiencia más tranquila, Pidurangala Rock (justo enfrente) ofrece vistas impresionantes por solo 1.000 rupias (unos 3 €).
En nuestro caso, subimos primero a Pidurangala, y sinceramente, creemos que ambas se complementan perfectamente. Una te ofrece la historia y la grandeza del antiguo reino, y la otra la mejor panorámica de todo el conjunto.
En resumen: sí, subir a Sigiriya merece la pena. No solo por las vistas, sino por todo lo que representa: un viaje al pasado, a la época de reyes y leyendas, y una de esas experiencias que se quedan grabadas para siempre.
El triángulo cultural: explorando el corazón espiritual de Sri Lanka
Sri Lanka es un país profundamente espiritual, donde los templos budistas e hindúes forman parte del paisaje y de la vida cotidiana. En el centro de la isla se encuentra el llamado Triángulo Cultural, una región que concentra buena parte de la historia del país y alberga antiguas capitales, ruinas, estupas y templos llenos de paz.
Las ciudades de Anuradhapura, Polonnaruwa y Sigiriya son el corazón de esta zona, y recorrerlas permite entender mejor la historia y la fe que han marcado la identidad de Sri Lanka. En nuestro caso, decidimos visitar Polonnaruwa, la Roca de Sigiriya y las Cuevas de Dambulla, intentando encontrar un equilibrio entre cultura y descanso.
Viajando con Josea, siempre buscamos adaptar el ritmo para que todos disfrutemos. Aunque está acostumbrada a los viajes culturales, sabemos que lo importante es combinar templos y ruinas con experiencias más activas o naturales. Y la verdad es que en Sri Lanka, eso es muy fácil de conseguir.
Las cuevas de Dambulla: un lugar que emociona
Había leído mucho sobre las cuevas de Dambulla antes de viajar a Sri Lanka, pero tengo que reconocer que sentí una emoción especial al entrar en la primera cueva. Me pasa siempre que visito un templo budista: hay una paz, una energía especial, una sensación de respeto y espiritualidad que te envuelve por completo.
El Templo de las Cuevas de Dambulla, también conocido como el Templo del Oro, es uno de los lugares más impresionantes del Triángulo Cultural. Situado en lo alto de una colina, el conjunto está formado por cinco cuevas talladas en la roca, decoradas con murales, esculturas y cientos de imágenes de Buda.
Cada cueva tiene su propio encanto, pero todas comparten esa atmósfera mágica que hace que el esfuerzo de la subida merezca la pena:
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Cueva I (Devaraja Viharaya): aquí se encuentra un gigantesco Buda reclinado de 14 metros, tallado directamente en la roca. Es la primera que se visita y ya te deja sin palabras.
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Cueva II (Maharaja Lena): la más grande y espectacular. En su interior hay más de 60 estatuas de Buda, junto con figuras de reyes y deidades hindúes. Es imposible no quedarse mirando el techo, completamente cubierto de pinturas.
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Cueva III (Maha Alut Viharaya): conocida como el Gran Templo Nuevo, destaca por otro gran Buda reclinado de 10 metros y una estatua del rey Kirti Sri Rajasinghe.
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Cueva IV (Pachima Viharaya): más pequeña y acogedora, con un Buda en meditación bajo un arco de dragón y murales preciosos.
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Cueva V (Devana Alut Viharaya): la más moderna, con figuras de ladrillo y yeso, pero igualmente hermosa.
Antes o después de subir, merece la pena hacer una parada en el Templo de Oro, al pie de la colina. Es una construcción moderna, coronada por una enorme estatua dorada de Buda sentado, que se ve desde varios kilómetros de distancia.
💡 Consejos prácticos para la visita:
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Vestimenta: hay que cubrir hombros y rodillas para acceder al complejo.
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Calzado: se entra descalzo a las cuevas; puedes dejar tus zapatos en una consigna por una pequeña propina.
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Entradas: se compran en la taquilla cerca de la entrada trasera, antes de comenzar la subida (¡no lo olvides, o tendrás que volver a bajar!).
La visita a Dambulla nos dejó una sensación muy especial, de esas que te acompañan mucho después del viaje. Es un lugar para recorrer sin prisa, observando cada detalle y dejándose llevar por la serenidad que se respira en cada rincón.
Polonnaruwa: historia entre budas de piedra
Polonnaruwa fue una de las antiguas capitales del reino de Sri Lanka y hoy es uno de los lugares más fascinantes del Triángulo Cultural. Es un conjunto arqueológico enorme, repleto de templos, dagobas y esculturas que muestran el esplendor del pasado del país. Pasear por sus ruinas es como hacer un viaje en el tiempo.
Este recinto se puede recorrer a pie, en bicicleta o en tuk tuk. Nosotros, aprovechando que viajábamos en nuestro tuk tuk, lo visitamos de esa forma, y fue todo un acierto: hacía un calor terrible y poder movernos de un templo a otro a la sombra fue una salvación. Las distancias no son exageradas, así que si el tiempo acompaña, la bici también es una opción estupenda.
Eso sí, ten en cuenta el calor y el suelo ardiente. En muchos templos hay que entrar descalzo, y créeme, el suelo quema literalmente. Un truco que aprendimos sobre la marcha: lleva unos calcetines finos para ponértelos al entrar, así evitarás acabar dando saltitos de dolor bajo el sol de Sri Lanka 😅.
Durante la visita, hay muchos puntos interesantes, pero estos fueron nuestros imprescindibles:
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Rankot Vihara: una impresionante dagoba de ladrillo rojo de más de 50 metros de altura, la cuarta más grande del país. Fue construida durante el reinado de Nissankamalla. Alrededor de su base aún pueden verse pequeñas salas de imágenes, hoy en su mayoría vacías, que evocan su antigua grandeza.
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El Cuadrángulo: el corazón de Polonnaruwa y, para muchos, el punto más fascinante del recorrido. Este recinto elevado reúne varios de los monumentos más importantes, como el Vatadage, una estructura circular que en su día protegía la reliquia del diente de Buda. Aquí la atmósfera es especialmente solemne.
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Gal Vihara: uno de los lugares más emblemáticos del conjunto. Aquí se encuentran cuatro esculturas de Buda talladas en un único bloque de granito, cada una con una expresión y postura diferentes. El Buda reclinado, sereno y majestuoso, transmite una calma indescriptible.
Lankatilaka: construido por el rey Parakramabahu I, este templo destaca por sus altos muros y por la imponente estatua de un Buda en pie sin cabeza, rodeado de preciosos relieves en las paredes exteriores.
Shiva Devale Nº2: estas ruinas, del período chola, son las más antiguas de Polonnaruwa y están sorprendentemente bien conservadas. En sus muros aún pueden leerse inscripciones en tamil.
💡Información práctica para visitar Polonnaruwa
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Horario: el recinto abre todos los días de 7:00 a 17:30.
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Entrada: 30USD por persona (los niños suelen pagar la mitad). El ticket se compra en el Museo Arqueológico de Polonnaruwa, a la entrada del complejo.
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Duración recomendada: reserva unas 3 o 4 horas para hacer la visita con calma, más si decides recorrerla en bici.
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Mejor hora para visitar: a primera hora de la mañana o al final de la tarde, cuando el sol no pega tan fuerte.
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Consejos útiles:
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Lleva agua en abundancia, gorra y protector solar.
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Usa ropa ligera y transpirable, y recuerda cubrir hombros y rodillas para acceder a los templos.
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No olvides calcetines finos para protegerte del suelo caliente al entrar descalzo.
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Si vas en bici, lleva candado para poder dejarla mientras recorres los templos a pie.
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El recinto tiene pocas zonas de sombra y servicios, así que lleva algo de snack o fruta para reponer fuerzas.
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Nuestras playas favoritas de Sri Lanka
Viajando en julio, la mejor zona para disfrutar de las playas en Sri Lanka es la costa este, y nosotros decidimos tomárnoslo en serio: queríamos mar, relax y descanso después de los primeros días más movidos del viaje.
Nuestra primera parada fue Uppuveli, muy cerca de Trincomalee. Allí encontramos justo lo que necesitábamos: un ambiente tranquilo, una playa amplia y un montón de opciones para hacer snorkel o simplemente dejar pasar el tiempo sin prisa. Después del comienzo accidentado de nuestro viaje, nos vino genial parar, respirar y disfrutar del ritmo pausado de la costa.
También dedicamos una mañana a Nilaveli, otra de las playas más famosas del este. Nos encantó su arena clara, el mar tranquilo y ese ambiente aún más relajado. Es el tipo de lugar donde parece que el tiempo se detiene, y donde Josea pudo jugar y disfrutar del agua sin agobios ni multitudes.
Más al sur hicimos una breve parada en Pasikudah, donde pasamos una noche. La playa es realmente espectacular, con aguas poco profundas y una tonalidad turquesa que parece sacada de una postal. Sin embargo, no era lo que buscábamos: está rodeada de resorts para turistas, y el ambiente es mucho más artificial. No se parece al Sri Lanka auténtico que habíamos ido encontrando en el resto del viaje, y aunque disfrutamos del baño, nos alegramos de no haber reservado más noches allí.
Ya en la costa sur, aunque no era la mejor época por el clima, tuvimos suerte y pudimos disfrutar de varios días de sol. Visitamos Mirissa, Weligama, Unawatuna, Silent Beach y Hiriketiya, nuestra favorita sin duda. Hiriketiya es una pequeña bahía con mucho encanto, perfecta para bañarse, hacer surf o simplemente mirar las olas desde un chiringuito. Tiene un ambiente joven y relajado, y aunque cada vez hay más alojamientos, todavía conserva algo de autenticidad.
Debo reconocer que nos sorprendió ver cómo la mayoría de las playas —tanto en el este como en el sur— están ya muy preparadas para el turismo. En casi todos los restaurantes se sirve comida occidental, los locales están pensados para Instagram y, en general, cuesta encontrar ese punto más local y sencillo. A veces tienes la sensación de que podrías estar en cualquier otro país tropical.
Eso no quita que disfrutáramos mucho del mar y de la tranquilidad, pero sí es cierto que el modelo de turismo al que van dirigidas muchas zonas de playa en Sri Lanka no es el que más encaja con nosotros. Aun así, ver atardecer en la bahía de Hiriketiya o caminar por la arena de Uppuveli al amanecer son recuerdos que nos acompañarán siempre.
Safari, templos, snorkel, playas, historia… Sri Lanka tiene de todo para quienes buscan un viaje variado, intenso y lleno de experiencias auténticas. Nuestra recomendación: combina naturaleza y cultura, aventura y descanso, y adapta el ritmo a tu forma de viajar. Porque, al final, lo que hace inolvidable este país no es lo que ves, sino cómo lo vives.